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(IVÁN): TRIUNFANDO SOBRE EL MUNDO

 
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IVAN VALAREZO

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Since: Jan 04, 2007
Posts: 3



(Msg. 1) Posted: Thu Jan 04, 2007 2:34 am
Post subject: (IVÁN): TRIUNFANDO SOBRE EL MUNDO
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Sábado, 30 de diciembre, año 2006 de Nuestro Salvador
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)

(Feliz Prospero Año Nuevo 2007 a todos. Que nuestro Padre
Celestial y su Hijo amado sigan siendo una gran realidad
poderosa en sus corazones y en sus almas eternas, también,
para que su Espíritu Santo con sus muchos dones de regalos
maravillosos, de milagros y de prodigios sobrenaturales nunca
deje de ser en sus nuevos días venideros, para que sus vidas
crezcan por siempre delante de Dios. Porque este es el crecer
de sus corazones y de sus espíritus humanos que Dios siempre
ha deseado ver en cada uno de ustedes, mis estimados hermanos
y mis estimadas hermanas, para que vean la vida infinita, tal
como siempre ha sido y ha de ser en el infinito, en el cielo.
Para que verdaderamente vean la vida grandiosa, libre de
pecado y libre de mentira, de su Dios y Creador y, además,
por siempre llena de muchas y grandes bendiciones de su
corazón y de su alma santísima, para que sus corazones
siempre sientan gozo, felicidad y muchas más bendiciones de
amor de su Hijo amado y de su Espíritu Santo. Ya que, la vida
misma de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, ha vencido al
mundo y a la eternidad, también, del más allá, para bien
eterno de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, en los días largos y sin fin, de nuestro próximo
futuro celestial, por ejemplo. Pues gócense sus corazones
grandemente ante su Dios y Creador de sus almas eternas,
dándole gloria y honra a Él, sólo por medio del nombre
sagrado de su Hijo amado en sus corazones, porque el mundo ha
sido vencido por el Espíritu de vida y de poder eterno del
"Cordero Eterno de nuestro Dios y Padre Celestial. Y Feliz
Prospero Año Nuevo 2007 a todos, amén.)


TRIUNFANDO SOBRE EL MUNDO

Nuestro Señor Jesucristo nos ha hablado, como él sólo lo sabe
hacer, para que tengamos paz los unos a los otros, en todos
los lugares de la tierra. Ya que, vivimos en un mundo lleno
de profundas tinieblas, que sólo hacen que el corazón del
hombre pierda su paz, por cosas que no tienen ningún sentido,
en muchos casos. Y aunque esto es verdad, en la vida del
corazón del hombre que no conoce a Dios ni la salvación
perfecta de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, entonces Dios
nos pide que seamos fuertes.

Porque siendo fuertes en Él, y en su nombre sagrado, entonces
seremos llenos de su espíritu de valor y de gran fe, para
enfrentarnos día a día a la realidad de este mundo vil, y
vencerlo, de una vez por todas y para siempre, por la gracia
y la misericordia de Dios. Gracia y misericordia infinita de
Dios, de las cuales son solamente posibles en el corazón del
hombre, al creer en su corazón y al invocar con sus labios su
nombre bendito, ¡el nombre inviolable del Señor Jesucristo!

Por esta razón, siempre abunden en toda buena obra, de las
que sólo le agradan a Dios, en su corazón santo, en el nombre
sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sabiendo que
ninguna obra de sus manos será en vano en la tierra ni en la
eternidad venidera del nuevo reino de los cielos, por
ejemplo. Porque todo lo que hagas a favor de los que aman a
Dios y hasta aun a los que no le aman, porque nadie jamás les
ha predicado la buena palabra del Señor Jesucristo, entonces
Dios te ha de recompensar igualmente y grandemente, también,
para siempre.

Y esto ha de ser en ti, abundancia de muchas cosas, en la
tierra y en el cielo, de las cuales le agrada mucho a tu
corazón y a tu espíritu humano, también, por el bien que
hayas hecho a cada uno de tus semejantes, para gloria
infinita de su nombre santo, en tu nueva eternidad venidera.
Y todas estas, de tus buenas obras, son bendición y felicidad
ante los ojos de Dios y de sus huestes angelicales en el
cielo, las cuales te han de seguir por siempre en tu nueva
vida infinita, en el más allá, en el nuevo reino de Dios.

Pero como Lucifer aun no ha descendido a su lugar de
condenación eterna, entonces ha de seguir luchando en contra
de todo lo que honre y glorifique a Dios y a su fruto de vida
eterna, el Señor Jesucristo, para causarle daño en ti. Para
hacerle daño una y otra vez al Señor Jesucristo y a nuestro
Padre Celestial, ya que no tiene nada que perder en su vida
eternamente condenada, es decir, tal como se lo hizo, por
ejemplo, en su día de gran mentira, en la vida de Adán en el
paraíso, para destruir entonces toda vida humana, eternamente
y para siempre.

Por esta razón, el mismo espíritu de gran maldad, el cual
primero ataca al Señor Jesucristo en el reino de los cielos,
en el día de la gran rebelión de Lucifer y de su cortejo de
ángeles rebeldes, en contra del nombre sagrado de Dios,
entonces te ha de atacar a ti, también, aun cuando menos lo
pienses. En verdad, te ha de atacar a ti también, como ataco
primero a la mujer y luego a Adán, para destruir la semilla
de vida de la humanidad entera, es decir, tu misma vida,
desde los días de gloria en el paraíso, hasta tocar tu alma
en el día de hoy, en donde sea que estés en toda la tierra.

Y esto ha de ser en ti, una realidad hoy mismo, si tan sólo
fuese esto posible en ti y así destruirte eternamente y para
siempre, para que el nombre de Dios ni de su Jesucristo sean
jamás honrados en tu vida ni en la vida de ninguno de los
tuyos, tampoco, para siempre. Por esta razón, por causa del
nombre del Señor Jesucristo muchos ingenuos, sin saber lo que
están diciendo o haciendo, se levantaran en contra de ti, con
odio.

Con oído antiguo, el cual se manifestó en el reino de Dios y
luego en el paraíso, por ejemplo, del corazón perdido del
enemigo de toda verdad y de toda justicia infinita, Lucifer,
para alejarte de Dios y de su Jesucristo, como lo hizo con
Adán, y así no le puedas dar gloria ni honra a su nombre,
para siempre. Y este ataque del enemigo no es nada nuevo para
ningún hombre, porque el Señor Jesucristo ya lo venció en su
propio terreno y con sus propias palabras mentirosas. Por lo
tanto, el que venciere este mal en su vida, con los poderes
sobrenaturales del Señor Jesucristo, entonces éste será salvo
para Dios y para su nueva vida infinita, en el nuevo reino de
los cielos.

TU FE EN JESÚS VENCE AL MUNDO

Ya que, todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo, es por
eso que tu alma aun vive, mi estimado hermano y mi estimada
hermana. Y ésta es la gloria que ha vencido al mundo: nuestra
misma fe, la cual hemos recibido de parte de Dios, por medio
de su Espíritu Santo: al creer en nuestros corazones y
confesar con nuestros labios: el nombre sagrado de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces: ¿Quién es el que vence al mundo desde lo profundo
de su corazón, sino sólo el que cree que el Señor Jesucristo
es su Hijo amado, el Hijo Viviente de Dios? Porque esta es
una verdad celestial, que las profundas tinieblas jamás han
podido confesar con sus labios, desde los días de Lucifer y
de sus ángeles caídos en el reino de los cielos, como también
desde los días de Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, y
hasta en nuestros días, también, en todos los lugares de la
tierra.

Porque los únicos que realmente pueden confesar con sus
labios, creyendo en sus corazones, de que el Señor Jesucristo
es el Hijo amado de Dios, son los que aman a Dios, sólo por
medio de la "unción" (o la llenura) santa del Espíritu de
Dios. De otra manera, es totalmente imposible que el corazón
crea y que con sus labios invoque el nombre salvador de su
vida, ¡el Señor Jesucristo!

Puesto que, las profundas tinieblas de las palabras
mentirosas de Lucifer y de la serpiente antigua, de las
cuales creyeron de todo corazón: Eva primero y luego Adán
para mancharnos a todos nosotros del espíritu de error y de
muerte eterna, aun vive en sus tinieblas originales en
nuestros corazones y, por tanto, en nuestras sangres humanas
e imperfectas, también. Es por eso, que estamos llamados por
Dios mismo, desde mucho antes que nos sacase del fango de la
tierra y nos moldease en sus manos santas, para que venzamos
a las profunda tinieblas del mundo: al invocar con nuestros
labios y creer en nuestros corazones, de que "el Señor
Jesucristo es su Hijo amado".

Dado que, mayor gloria de milagros, bendiciones, maravillas y
prodigios tras prodigios en nuestras vidas no existe en el
cielo ni en la tierra, tampoco, hoy en día ni en la eternidad
venidera del nuevo reino de los cielos, en el más allá, si no
creemos que el Señor Jesucristo es el "Ungido de Dios y su
unigénito", para siempre. Porque el creer con el corazón y el
confesar con los labios, de que el Señor Jesucristo es el
Hijo de Dios, es como una puerta que se abre con un camino
angosto, largo y eternamente glorioso hacia el cielo y su
Dios Viviente, para comenzarnos a comunicar con él, de
persona a persona, desde hoy y por siempre.

Con el fin de que nos bendiga y nos ayude siempre en todas
las cosas que necesitemos, en nuestras vidas terrenales y
celestiales también, por ejemplo. Por esta razón, si nuestro
Señor Jesucristo no hubiese nacido en Israel, entonces el
mundo jamás hubiese sido vencido con todas sus profundas
tinieblas del más allá; y esto es peligroso para la
subsistencia de vida, en toda la creación de Dios del reino,
de los hombres y hasta del reino de los animales, también,
por ejemplo. Realmente todo fuera destrucción tras
destrucción y muerte tras muerte, en todos los lugares de la
tierra, hasta que la humanidad deje de ser humanidad, sino
otra cosa.

¿Qué cosa? Quizá preguntes con un profundo miedo de
incertidumbre en tu corazón, por todo lo desconocido. En
verdad, no lo sé, ni me pasa por el pensamiento la más mínima
idea; realmente sólo Dios lo sabe todo muy bien, en su
corazón santo y muy sabio, por cierto. Porque los planes de
maldad y de destrucción eterna han sido en el corazón de
Lucifer, desde el principio, para no sólo destruir la vida
santa del reino celestial, como lo intento en su primer
ataque a Dios y a su Árbol de vida, sino que también lo ha
sido así en el paraíso y en toda la creación humana.

Como en la tierra de nuestros días, por ejemplo, cuando vemos
al hombre siempre desesperadamente tratando de aniquilarse el
uno al otro, a través de su historia, para enriquecerse a sí
mismo y a los suyos también, con lo que jamás le perteneció,
sin importarle nada de nada por el bienestar de los demás. Y
éste espíritu de error y de mentira, en el corazón del
pecador y de toda pecadora de la tierra, del ayer y de
siempre, es el espíritu de pecado de Lucifer, el cual comenzó
en el paraíso, cuando Eva le creyó a las palabras de la
serpiente, por vez primera, de parte de Lucifer, para mal de
muchos.

Y sólo el nombre de Cristo, en el corazón de Adán, por
inicio, ha podido vencer eternamente ésta gran maldad, éste
espíritu terrible de error de Lucifer y de la serpiente
antigua del Edén, por ejemplo. Entonces la verdadera victoria
que ha vencido al mundo está solamente en la vida perfecta y
eternamente santa del Señor Jesucristo, el Hijo de Dios,
viviendo en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, como Dios lo intento hacer así en el
principio con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo.

Es más, es por eso que todos los ángeles, arcángeles,
serafines, querubines y demás seres santos del reino de los
cielos siempre han sido gloriosos, en todos sus asuntos
personales ante Dios y ante el Espíritu Santo, en todos los
rincones del reino de los cielos. Porque la verdad es que el
Señor Jesucristo vive en sus corazones, desde siempre, desde
el día que Dios los llamo a su vida santa, en el reino de los
cielos, por los poderes sobrenaturales de su palabra viva y
de su nombre santo. Entonces la gloria de cada ángel del
cielo es de Dios mismo y de su Árbol de vida eterna, también,
por principio, ¡el Señor Jesucristo!

Por lo tanto, sólo el nombre del Señor Jesucristo viviendo,
en el corazón de los ángeles y en el corazón de los hombres,
mujeres, niños y niñas de toda la tierra, es que realmente
vence al mundo y a cada una de sus profundas tinieblas, en
todos los lugares de la tierra. Es decir, en donde sea que
levanten sus cabezas horribles, las tinieblas de Lucifer,
para hacer daño a todo lo que Dios y su Jesucristo aman, en
los ángeles del reino y en los hombres, mujeres, niños y
niñas, de toda la tierra, también.

Es por eso, que el espíritu de fe, en el nombre del Señor
Jesucristo, viviendo en nuestros corazones y en cada momento
de nuestras vidas, aunque nos demos cuenta o no, es poder de
Dios, para derribar los más terribles males del corazón
perdido de Lucifer y de sus ángeles caídos, que nos quieran
hacer daño y destruirnos, para siempre. Entonces el que cree
en su corazón y así confiesa ante su Padre Celestial y su
Espíritu Santo, de que el Señor Jesucristo es su Hijo amado,
en realidad, ha vencido al mundo no sólo de nuestros días,
sino el de siempre y en el más allá, también, como en el
mundo de los muertos, el infierno eterno y candente.

En otras palabras, el que cree en el Señor Jesucristo y en su
obra santa y sublimemente gloriosa, la cual lleva acabo sobre
la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
Israel, para ponerle fin al pecado, entonces ha vencido a
Satanás, al mundo y al fuego eterno de la segunda muerte, en
el más allá. Es decir, también, que el hombre con Cristo
Jesús, salvador nuestro, es totalmente libre ante Dios y en
toda su creación para vivir y para crecer por siempre hacia
la estatura, perfecta y divina de Dios mismo. Y sólo así
entonces abrirle paso libre a la nueva vida bendita y
eternamente honrada de nuestro Padre Celestial en su nuevo
reino celestial, en el más allá, como La Nueva Jerusalén
Santa e Infinita de su gran rey Mesías y de sus naciones de
familias eternas, que sólo aman la verdad y la justicia de su
Creador Eterno.

Por ello, el hombre que ha nacido de Dios, entonces ha nacido
de nuevo no para morir, sino para ver la vida eterna, desde
ya, en la tierra y en el más allá, también, como en su nuevo
lugar infinito, en el reino de los cielos. Porque es nuestro
espíritu de fe, centrado en el nombre del Señor Jesucristo,
en lo intimo de nuestros corazones y de nuestras almas
viviente de Dios y de su Espíritu Santo, es que realmente
vence al mundo en nuestras vidas terrenales y celestiales,
desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera. Y
como nuestro Padre Celestial es mayor que todos en el cielo y
en toda la tierra, también, para siempre, entonces la
victoria está de nuestra parte día a día y por siempre; es
más, escrito está que jamás perderemos ninguna batalla en
contra de nuestros enemigos eternos, comenzando con Lucifer,
por ejemplo.

EL QUE VIVE EN USTEDES ES MAYOR QUE TODO ENEMIGO

Por esta razón, ustedes mismos son de Jesucristo día a día y
por siempre en el más allá, por lo tanto, han vencido al
mundo en su amor y en su espíritu único de fe, porque el que
está en ustedes es mayor que el que está en el mundo. Ya la
oscuridad no reina en sus vidas, como antes. Hoy, sólo la luz
que ha descendido del Padre Celestial, en la vida gloriosa de
nuestro salvador Jesucristo, es que vive en cada uno de sus
corazones, para entrar desde ahora mismo a la vida eterna, de
su nuevo reino celestial, en el nuevo más allá, de Dios y de
su Árbol de vida eterna.

Por eso es que cada momento que pasa en sus vidas por la
tierra, entonces es una victoria más para la nueva eternidad
de nuestro Dios que está en los cielos. Porque lo que Dios ha
ganado en su Hijo amado, entonces, sin duda alguna, le ha
ganado todo al maligno, por amor a cada uno de nosotros, en
nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, para jamás vivir en la
oscuridad, sino sólo en la luz más brillante que el sol,
Jesucristo.

Ya que, fue el Señor Jesucristo mismo quien les declara
abiertamente a sus fieles y sin comparación alguna, de que
"sólo él es la luz del mundo". Entonces si el Señor
Jesucristo es la luz del mundo, ciertamente ha vencido a cada
una de las tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, en
todos los lugares de la tierra, porque la oscuridad ya no ha
de reinar. La oscuridad ya no ha de reinar, como en la
antigüedad o como siempre, en nuestros días, por ejemplo,
sino sólo el Señor Jesucristo, en la vida de todo ser
viviente, en toda la creación de Dios, comenzando en tu misma
vida, mi estimado hermano, como lo intento con Adán en el
paraíso, por ejemplo.

Entonces si realmente vivimos en la luz del Señor Jesucristo,
de acuerdo a los poderes sobrenaturales, de los dones de su
Espíritu de fe y de su vida triunfante sobre Lucifer, en la
tierra de Israel, pues muy pronto y sin más demora alguna,
hemos de ver de persona a persona a nuestro Padre Celestial
que está en los cielos. Porque hay poderes milagrosos en el
nombre del Señor Jesucristo, no sólo para vencer al enemigo y
a sus secuaces en nuestras vidas cotidianas, sino también
para ser santos y suficientemente benditos por el Espíritu de
Dios mismo, para ver a nuestro Dios, en su lugar santo, en el
cielo, desde hoy mismo, si sólo Dios nos lo permitiese.

Por esta razón, ustedes mismos son de Dios, porque no sólo
han salido de sus manos santas, sino de su vida gloriosa, la
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, para que
dominen al enemigo día y noche y por siempre, hasta el fin de
todas las cosas, para alcanzar nuevas glorias infinitas para
nuestro Dios. Para que entonces luchen fielmente por su
gloria santísima en sus corazones y en sus almas eternas día
y noche, en el paraíso y por toda la tierra, también, para
alcanzar aun mayores santidades y honras infinitas para su
nombre, el nombre único y sumamente glorioso de nuestro Padre
Celestial que está en los cielos, el Señor Jesucristo,
indudablemente.

Porque aun las tinieblas del más allá han de dar gloria al
Padre Celestial, de una manera u otra, pero lo han de hacer
antes de proceder a su muerte y destrucción eterna, en el
lago de fuego, su segunda y final muerte, de sus vidas
rebeldes a Dios y a su Jesucristo, por ejemplo. Porque la
verdad es que aun Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos
tendrá que arrodillarse ante el Señor Jesucristo y declarar
que él es el Hijo de Dios, desde tiempos inmemoriales y hasta
por siempre en la nueva eternidad venidera.

Para que entonces éste espíritu de maldad y de gran error que
se ha regado por toda la tierra, en los corazones y en los
labios de los que no conocen ni aman a Dios, para negar
erróneamente diciendo siempre, de que el Señor Jesucristo no
es el Hijo de Dios, pues entonces muera en ellos eternamente
y para siempre. Porque la verdad es que el día se acerca, en
el cual, todo pecador perdido y toda pecadora perdida, antes
de entrar a su condena eterna, en el más allá, como en el
lago de fuego, a su segunda muerte final, por ejemplo,
entonces ha de tener que por fin confesar con sus labios: la
verdad de las verdades infinitas.

Y esta verdad infinita, la cual ya no podrá limpiarle de su
pecado ni menos salvar su alma de su castigo eterno al
corazón condenado, para decir abiertamente ante los oídos de
todos de los que están en los cielos y de los que están en la
tierra y debajo de la tierra: de que Jesucristo es el SEÑOR.
Y esto ha de ser declarado abiertamente, para que todos oigan
y contemple la verdad salir de los corazones perdidos y aun
en sus tinieblas antiguas del más allá, para gloria y para
honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los
cielos.

(Es por eso, que hoy en día, si aun no has creído en tu
corazón ni has confesado con tus labios, ésta gran justicia y
ésta gran verdad celestial, la cual ha descendido del cielo,
en la vida de nuestro Señor Jesucristo, para perdonar
nuestros pecados y así salvarnos de nuestra condena, en el
fuego del infierno, entonces hazlo ya. Confiesa tu verdad y
tu justicia redentora que ha venido a ti, desde los lugares
santos del cielo, de donde nuestro Padre Celestial vive, para
darte vida y vida en abundancia y así no mueras jamás perdido
en tus profundas oscuridades de las palabras mentirosas, de
Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.)

Y porque son ustedes hechura perfecta de Dios, entonces Dios
mismo lucha por la vida de cada uno de ustedes día y noche y
sin cesar jamás, ni por un sólo instante, para derrotar a
cada una de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus
ángeles caídos, en sus corazones y en sus vidas, en toda de
la tierra. Porque Dios mismo los necesita limpios del pecado
y sumamente santos para entrar a su presencia santa, es
decir, a su vida eterna, en el más allá, en su nuevo reino
celestial, en una hora crucial de sus vidas, como en estos
días más que nunca, por ejemplo, mucho antes que sea tarde en
sus vidas, de hoy en día.

Por cuanto, Dios los quiere sanar de todos sus males y hasta
de las enfermedades más rebeldes de sus corazones, de sus
cuerpos corporales e espirituales, porque para Dios no hay
nada imposible, en la vida del hombre, de la mujer, del niño,
de la niña y de toda la tierra, también. Porque es Dios quien
sana al hombre y a su tierra también. Además, porque Él mismo
(y no otro) ha vencido a cada una de las tinieblas del más
allá, como la muerte y sus muchas enfermedades eternas, en la
sangre y en la vida de todo hombre, por el poder sobrenatural
de la sangre sagrada de su Hijo amado, su Árbol de vida y de
salud infinita, el Señor Jesucristo.

En vista de que, las enfermedades del corazón del hombre no
sólo son de esta vida de nuestros tiempos, sino de la
venidera también, como en el fuego eterno del infierno y como
el lago de fuego, en su segunda muerte final, por ejemplo.
Pero Dios ya las ha vencido a cada una de ellas, con el amor
de Cristo; es decir, que Dios ha sanado cada una de tus
enfermedades rebeldes de tu corazón, de tu cuerpo y de tu
espíritu humano, si tan sólo crees en la vida santa y
eternamente honrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y
esta fe, de su nombre bendito e inviolable tiene que ser en
tu corazón y en tu vida, también, hoy y en la eternidad
venidera, para ser libre de los males del enemigo de tu vida
eterna, Lucifer; y sólo así puedas entonces entrar a la vida
santa de Dios y de su Jesucristo sano y salvo, para siempre.

En verdad, muy pronto, Dios mismo (y no otro) ha de levantar
a todos aquellos que viven en el polvo de la muerte, en todos
los lugares de la tierra y, también, levantara a todos los
que duermen en el fondo del mar, para volverles a dar vida y
vida en abundancia. Porque sólo Él es el soberano de sus
vidas, en el paraíso y por toda la tierra y aun en sus
sepulcros, también, por ejemplo; y como Cristo le dijo en su
día al ángel de la muerte, enemigo eterno de todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera (de todos los
tiempos): -¡Muerte, Yo soy tu muerte!

Por lo tanto, todo corazón y todo espíritu del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, tiene que
estar limpio y libre de toda maldad y de todo pecado eterno
ya, para poder ver la vida, en su luz viviente, es decir, la
luz misma del Árbol de la vida, el Señor Jesucristo. Y ésta
renovación del cuerpo y del espíritu interno del hombre no lo
podrá lograr jamás el hombre: con todos sus conocimientos de
filosofía, de religión o de ciencias en sus diferentes ramas,
a no ser que Dios mismo le ayude, por medio de su Espíritu
Santo y la vida gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Porque la frase de volver "a nacer" no ha salido del corazón
del hombre, sino de Dios mismo, desde sus lugares santo del
reino de los cielos. Y esta palabra vino a nosotros, cuando
el Señor Jesucristo le decía a un líder israelí, por ejemplo:
Nicodemo tú tienes que volver a nacer, para ver la luz de la
vida eterna, con tu corazón y con tu alma limpia y, a la vez,
libre de todo mal de las tinieblas del pecado. Y Nicodemo se
sorprendió en su corazón, al oír estas palabras salir de la
boca del Señor Jesucristo hacia él; un termino que jamás
había oído de nadie, ni de sus amigos más sabios de Israel,
en aquellos días, por ejemplo.

Porque la verdad es que estas palabras jamás las habían
hablado los hombres de toda la tierra, de aquellos días,
hasta que Cristo mismo descendió del más allá, del trono de
Dios y de su vida santa del reino de los cielos, para
manifestarlas a Israel y a la humanidad entera su verdad
infinita, redentora y toda poderosa. Por lo tanto, para
Nicodemo éste concepto era totalmente nuevo y, a la vez, muy
curioso; porque era totalmente contrario a su pensamiento y
al pensamiento de todo hombre de aquella época, religioso e
intelectual.

Por ello, el Señor Jesucristo le hablaba así a Nicodemo, no
para ofenderlo de ninguna manera, por su manera de ser (o
pensar) o por sus pecados, sino porque era necesario hablarle
así, para entonces hacerlo despertar de sus profundas
tinieblas, las cuales le llevaban a él, como a cualquier
pecador a su muerte segura y eterna, en el infierno.
Realmente tinieblas antiguas que tenían su corazón y su mente
"dormida para Dios" y para la vida eterna de su nuevo
amanecer, en el más allá, del desconocido reino de los
cielos, por ejemplo, como La Nueva Jerusalén Infinita de Dios
y de su nueva humanidad celestial, redimida para siempre con
la sangre viviente, del "Cordero Escogido de Dios",
Jesucristo.

Propiamente, Nicodemo tenia que entender en su corazón, de
que todo hombre es tan vil y pecador en los ojos de nuestro
Padre Celestial, que necesita ser regenerada su alma y todo
su espíritu manchado por las palabras llenas de mentira y de
gran maldad eterna, de la boca de Lucifer. Palabras hostiles
que no sólo hablo Lucifer en rebelión a sus ángeles caídos,
para convencerlos a que le sigan, sino que también le hablo a
Eva primero y luego a Adán por boca de ella misma y así toda
la semilla de la humanidad entera fuese contaminada
eternamente y para siempre, de su mal eterno. Un mal tan
horrendo, que nada ni nadie podrá jamás limpiar de su corazón
y de su alma eterna, sino sólo invoca el nombre y la sangre
bendita y sobrenatural de Cristo en su corazón y con los
labios de su boca, para que su vida sea librada de todos los
males del más allá.

Entonces Lucifer mancha de pecado a Adán, para que sus
descendientes también "siguiesen", como tú y yo hoy en día,
por ejemplo, estas palabras llenas de enfermedad y de muerte
eterna, no sólo en el paraíso sino también en la tierra y en
el más allá, como en el infierno y finalmente la segunda
muerte, el lago de fuego. Es por eso, que Dios le ha dado de
su Espíritu sin medida alguna al hombre, para que su cuerpo
espiritual y carnal, entonces sean regenerados, recreados y
renovados solamente posible en un nuevo nacimiento no de la
carne de sus progenitores, sino de la misma carne, huesos,
vida, sangre, espíritu y alma de nuestro Árbol Viviente, ¡el
Señor Jesucristo!

Por esta razón, ustedes son de Dios, no tanto porque Dios los
formo en sus manos santas, en el día de su creación, sino
porque tienen un corazón que verdaderamente aman su verdad y
su justicia infinita, para vencer cada una de las tinieblas
de toda la tierra, en el nombre soberano del Señor
Jesucristo. Y si Dios es con ustedes, entonces: ¿Quién podrá
jamás levantarse en contra de ustedes, esta vida y en la
venidera? Por eso, han vencido al mundo, por la fe que sólo
es posible en Cristo Jesús, Señor nuestro en sus vidas; han
vencido al mundo, porque mayor es el que vive en sus
corazones, que el que vive en este mundo perdido en las
profundas tinieblas, de Lucifer y de sus secuaces de gran
maldad y de engaño eterno.

TEN VALOR: CRISTO HA VENCIDO TU MUNDO

Por eso, les he hablado de estas cosas verdaderas y reales de
Dios y de su Jesucristo, como siempre, para que en Dios
tengan paz sus corazones y sus almas infinitas. Porque la
verdad es que, en el mundo tendrán aflicción, de una manera u
otra, pero ¡tengan valor sus corazones! Háganse fuertes
siempre en el SEÑOR, para que jamás les falten el valor de
Cristo y las fuerzas sobrenaturales de los dones de su
Espíritu Santo.

Si, ¡tengan valor siempre, sobre todas las cosas poder de
Dios y poder de su Espíritu Santo, porque nuestro libro
eterno, La Santa Biblia, jamás ha mentido, por lo tanto, nos
declara la verdad de nuestro Dios y de sus tiempos por venir
e infinitos! ¡Y esto es, de que "venceremos al enemigo", para
que no se vuelva a levantar jamás a hacer ninguna de sus
artimañas, en el paraíso, en la tierra, ni menos en el nuevo
reino de los cielos!

Entonces: ¡Tenga valor sus corazones vivientes a pesar de
todo, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas, porque
nuestro Señor Jesucristo ya ha vencido al mundo, para bien de
Adán y de cada uno de sus descendientes, en sus millares, en
todos los lugares de la tierra y de su humanidad infinita,
también, para siempre! Porque sólo Dios, por medio de su
Jesucristo, podía realmente vencer al mundo con sus profundas
tinieblas por doquier. Y esta es una obra de Dios, que
comenzó con su Espíritu Santo, cuando descendía del cielo
para subyugar cada una de las tinieblas eternas sobre toda la
tierra (Génesis 1:2), por ejemplo; y esta obra la ha cumplido
Dios, en cada uno de nosotros, sólo con el nombre del Señor
Jesucristo en nuestros corazones y en nuestros labios,
también.

Por lo tanto, el hombre estaba totalmente perdido en sus
profundas tinieblas, como en los días antes que Dios lo
rescatase de las profundas tinieblas de la tierra, cuando
estaba enterrado y perdido eternamente y para siempre en el
polvo de la muerte, por ejemplo, sin vida y sin fe alguna, de
ver la luz de su futuro venidero. Es decir, que cuando Dios
toma al hombre de la tierra, en el puño de lodo de sus manos,
entonces estaba redimiendo realmente a todo hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, por vez primera, para que
su vida ya no sea tinieblas, sino ahora luz en abundancia, en
su corazón y en todo su ser viviente, también.

Para que entonces pueda vivir su vida normal, no ciego, sino
con sus ojos abiertos, siempre viendo a su Dios y a su Árbol
de vida infinita y así entonces pueda ver su fruto de vida y
de salud eterna delante de sus ojos, para comer de él, por
siempre. Es decir, alimentarse de Dios y de su Hijo amado, el
Cristo, día a día y por siempre, en la tierra y en la
eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos y de su
gran rey Mesías, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Por eso, Dios nos ha llamado a la paz, para vivir con él. Y
esto no es a la paz del mundo, como si la tuviera. (No estoy
diciendo que no haya paz en el mundo), sino a la (paz) de la
vida santa, del reino de los cielos. Porque la paz del reino
de los cielos no es la misma ("paz") de la tierra, de
nuestros días o de siempre, por ejemplo. Porque sólo hay uno
que le da paz a la vida santa del reino de los cielos y a la
humanidad entera, también. Y este es el Árbol de la vida, el
único dador de paz, en el cielo y en la tierra, hoy en día y
por siempre, en la eternidad venidera, ¡el Señor Jesucristo!

Entonces el que está en Cristo Jesús tiene vida y paz eterna,
a la vez, en la tierra y en el reino de los cielos, para
siempre; es más, esta es la paz que Adán busco y jamás la
encontró porque rehusó comer de Cristo. Porque la paz que
Dios nos ha dado, a cada uno de nosotros, es realmente la
misma paz que el corazón de Dios goza día y noche con cada
uno de sus ángeles santos y eternos, del reino de los cielos.
En otras palabras, no hay otra paz igual a la de Dios y de su
Árbol Viviente, en el corazón de los ángeles y de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, es
decir, de todos ellos que sólo amen a su Dios y Creador de
sus vidas, en la tierra y en el cielo, eternamente.

Porque cualquier otra "paz" humana, es, realmente,
transitoria, es decir, de corto tiempo o de corto alcance en
la vida del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, de la
humanidad entera. Es más, esta paz provisional y mundana no
tiene espacio suficiente para recibir y, juntamente, darle al
corazón del hombre: alegría, gozo, felicidad, descanso,
sosiego; ni menos puede sanar su corazón ni su cuerpo ni su
alma, porque es fugaz, comparada con la paz de Cristo que
puede hacerlo todo perfectamente diariamente y hasta siempre
en la eternidad venidera.

Entonces si aman a su Dios y Creador de sus almas eternas,
pues dejen que su Espíritu Santo rejuvenezca sus corazones,
sus sentimientos y sus vidas para Dios y para la vida santa e
infinita de su "Cordero Amado", el Cristo de Israel y de las
naciones del mundo entero. Porque es la actividad de los
dones con sus poderes sobrenaturales, en sus espíritus
humanos, llenos de la fe, del nombre del Señor Jesucristo,
que hace que muchos milagros, maravillas y hasta prodigios en
los cielos y en la tierra, tomen lugar a favor de cada uno de
ustedes. Y esto es así siempre en el cielo o en el paraíso,
porque así siempre lo ha querido Dios, por su buen corazón,
por su buen amor, para con cada uno de sus seres creados, por
su palabra, por su nombre y por sus manos santas, por
ejemplo.

Porque ningún enemigo de Dios entiende palabra alguna del
hombre, sino sólo el poder autoritario / dominante, en el más
allá, de la palabra viva de Dios y de su Hijo, el Señor
Jesucristo, para que salga de su vida y no regrese jamás;
como tampoco podrá regresar jamás a nuestro Padre Celestial
que está en los cielos, por ejemplo. Es por eso, que el
nombre del Señor Jesucristo es muy importante en nuestros
corazones; es más, un corazón sin Cristo Jesús no ha de
conocer la vida jamás, por más rico o sabio que sea en todas
las cosas que suele ocupar su vida día a día en toda la
tierra.

Como ejemplo, podemos recordar al rey Salomón de Israel: él
tenía muchas riquezas e innumerables; y una de sus mayores
riquezas de su vida fue su corazón sabio, como ningún otro
ante Dios y toda su creación, también. Porque Dios le
prometió a él, que él iba a ser tan sabio, como jamás habrá
otro igual a él debajo del cielo y en toda la tierra. Y
siendo el rey Salomón muy sabio, aun así, en su sabiduría se
aparto de Dios, porque dejo que las cosas del mundo llenaran
su corazón de sus sabidurías y de los deseos de muchas
mujeres también.

Y cuando Salomón se vino a dar cuenta, en done estaba y, a la
vez, todo lo lejos que se encontraba de Dios y de sus
mandamientos santos, entonces contemplo en su vida, por vez
primera, que todas las cosas son vanidades de vanidades. Y
que lo único que realmente el hombre puede tener en su vida
para alegrar su corazón y todo su espíritu humano, en todos
los días de su vida por la tierra, es obedecer a su Dios y a
sus Santos mandatos, día y noche y por siempre, hasta entrar
a la eternidad venidera, del nuevo reino celestial.

Por eso, todo es vanidad para el corazón del hombre en toda
la tierra, por más rico o pobre que sea, o por más necio o
sabio que sea su espíritu humano, hasta que finalmente se da
cuenta, en lo intimo de su corazón, que sólo Dios y su nombre
santo, es lo mejor de su vida. Y esto es verdad, como ninguna
otra (verdad), en él (o en ella) día a día y por siempre,
para vivir su vida sana y saludable eternamente y para
siempre, delante de la presencia santa de su Dios y Creador
de su alma viviente, en la tierra y en el cielo, también, ¡el
Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera!

EL TRABAJO DEL HOMBRE, EN CRISTO JESÚS, VENCE AL MUNDO

Así que, mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas,
estén firmes y constantes, abundando siempre en las cosas del
SEÑOR que sólo le agrada a él, en sus corazones y en sus
vidas por la tierra, sabiendo que invariablemente su arduo
trabajo en Él, no es en vano, de ningún modo. Porque la
verdad es que toda buena obra llevada acabo, en el nombre del
Señor Jesucristo, también, vence al mundo y a los enemigos de
Dios uno a uno, hasta que no quede ninguna de sus maldades y
mentiras mortales, delante de su presencia santa y la de sus
pueblos de toda la tierra, también, por ejemplo.

Porque nuestro Dios es un Dios de venganza en contra del
pecado y de la mentira de cada uno de sus enemigos, de los
que siempre han cometido maldades en contra de los demás, es
decir, de gentes inocentes en todos los lugares de la tierra,
que jamás desearon hacerle ningún mal a sus enemigos ni a
nadie, tampoco. Y esto es un mal eterno, que nuestro Padre
Celestial siempre ha deseado ponerle fin, de una manera u
otra, en todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra,
por el poder de su palabra viva y por los dones divinos del
nombre santo de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

Pero nuestro Dios ha sido muy paciente para con cada uno de
todos nosotros, no esperando ningún mal que toque nuestras
vidas jamás, por ninguna razón. Pero, además de todo, siempre
esperando, en fin de cuentas (o a pesar del pecado de su
vida), que el hombre le obedezca sólo a él, por medio de su
Jesucristo. Porque su Hijo amado es "el único posible canal"
de comunicación entre el cielo y la tierra, de sus corazones
y de sus vidas, para vencer sus pecados y la muerte eterna de
sus cuerpos corporales e espirituales, también, en la tierra
y en el más allá, también, día a día y para siempre.

De otra manera, han de seguir perdidos eternamente y para
siempre, en las profundas tinieblas de sus corazones, en
todos los días de sus vidas por la tierra, hasta que
finalmente caigan en su lugar eterno y sin Cristo Jesús en
sus vidas, en el más allá, en el mundo de los muertos, el
infierno candente y eternamente violento. Y de este lugar no
se salva nadie, una vez que su alma perdida caiga entre sus
llamas de la ira y del castigo eterno, por sus pecados y por
sus culpas eternas, a no ser que sea Jesucristo, porque
Jesucristo ha sido el único que descendió muerto al infierno
y salió de él triunfante, para librar a los muertos. Y,
además, nuestro Dios jamás ha deseado éste terrible mal, la
muerte eterna del infierno, para ningún hombre, mujer, niño o
niña de la humanidad entera, sino todo lo contrario.

Podemos recordar, en estos momentos, al hombre rico, por
ejemplo, en el infierno. Este hombre rico tuvo todo y de todo
en su vida; ningún gozo y felicidad de su corazón le falto
jamás. Pero fue muy duro con sus hermanos y hermanas, no
queriendo compartir nunca de sus bienes con ninguno de ellos,
cuando estaban necesitados de él. Por ejemplo, Lázaro, éste
hombre fue muy pobre y hasta enfermo en sus últimos días de
vida, por la tierra. (Y Dios estaba viendo todo, desde sus
lugares santos, en el cielo, para ver, quien le ayudaba y
quien no.)

En realidad, este hombre era pobre, muy pobre, por cierto,
que no tenía que comer ni menos donde vivir para recostar su
cabeza y descansar del dolor de sus enfermedades naturales de
su cuerpo. Lázaro andaba pidiéndoles a otros siempre que le
ayuden; y la gente de buena voluntad, le ayudaba en todo
momento; así él pudo vivir el resto de sus días con menos
dolor posible, hasta que finalmente murió. Lázaro fue
recibido en el seno de Abraham, en donde esta también nuestro
Árbol de vida eterna, por ejemplo, en el día que la luz de
nuestro mundo termino para él. Entonces en el paraíso Lázaro
comenzó su nueva vida sin dolor alguno, sino lleno de
felicidad infinita en su corazón, como el hombre más rico del
reino de los cielos, porque Cristo sigue viviendo en su
corazón y jamás le ha abandonado.

Pero cuando el hombre rico murió, entonces su corazón perdido
y sin Cristo descendió a las llamas eternas del infierno.
Porque en su vida peco, no tampoco por ser rico sino porque
desprecio a su prójimo, como a Lázaro, por ejemplo, y porque
Cristo no había entrado en su corazón nunca. Porque nuestro
Dios no es Dios de los ricos en su maldad, en su pecado
eterno, ya que él mismo es tan rico en el reino de los cielos
y por toda la tierra, como nadie más, sino que es rico para
con los que aman a su Hijo amado, en lo intimo de sus
corazones; en verdad, Dios si es muy rico para con ellos, en
la tierra y en el cielo, para siempre. Porque todo lo ha
creado nuestro Padre Celestial, sólo para el bien del hombre
que le sabe amar a él y a su Árbol de vida eterna, el Señor
Jesucristo, día a día y por siempre, en su corazón y en toda
su vida eterna en la tierra y en el paraíso, también, para
siempre.

Empero, esto jamás lo entendió el hombre rico, pues estaba en
sus tinieblas eternas de las riquezas de su mundo infame y
egoísta; pues tan perdido como el mismo diablo del infierno,
Lucifer, por ejemplo. Por ende, el hombre rico murió en su
maldad, de no haber vencido jamás en su vida al mundo, el
mundo en donde vivía y le rodeaba día y noche con los afanes
de sus muchas riquezas que cegaban su corazón, sin ver jamás
como ayudar a su prójimo, para agradar a su Dios, que siempre
lo ve todo. Pero, sin embargo, Lázaro venció al mundo, aun
siendo pobre y sin ningún poder en su corazón, salvo el
nombre de Cristo. Porque Lázaro amaba a Dios en su corazón,
con su espíritu de fe pobre, aun más pobre que todos los
pobres de la tierra, de aquellos días, pero su amor por Dios
siempre fue sólo por medio de Jesucristo cada día de su vida,
hasta que dejo de existir para el mundo.

Entonces Dios le amaba a Lázaro, también, eternamente y para
siempre por amor a su Jesucristo y por amor a sus muchas
buenas promesas de vida y de salud eterna, para con los que
le son fieles a él y a su vida santa y eternamente gloriosa
de su Jesucristo, por ejemplo, en el paraíso y en la tierra.
Y, hoy en día, Dios sigue amando a Lázaro, con el mismo amor
de siempre y hasta quizá mucho más que antes, porque el
nombre del Señor Jesucristo es mucho mayor que antes en su
corazón y en su nueva vida infinita, en el paraíso. Es decir,
también, que el corazón de Lázaro, como cualquier otro
corazón del hombre, una vez, que el nombre del Señor
Jesucristo entra en su vida, entonces "el amor de Dios
empieza", para jamás dejar de ser, sino que ha de crecer por
siempre, en la nueva eternidad venidera.

En verdad, como el Señor Jesucristo siempre les enseñaba a
sus apóstoles y discípulos por doquier, en todo Israel: una
vez, que su nombre santo entra en sus vidas; es decir, que
crean que Él es el Hijo amado de Dios en sus corazones, "sólo
entonces el amor de nuestro Padre Celestial empieza en sus
vidas en serio". Entones el amor de Dios empieza con
formalidad celestial, en cada uno de sus corazones y de sus
vidas no sólo en Israel sino que en todos los rincones del
mundo, para jamás dejar de ser, sino que ha de crecer día y
noche e infinitamente aun en sus nuevas vidas infinitas, como
en el nuevo reino celestial, por ejemplo. (Y en esta vida
nueva e infinita, cada una de las buenas obras de los
hombres, mujeres, niños y niñas, ha de ser recordada una a
una delante de Dios y de sus ángeles santos; y todas las
malas obras habrán desaparecido, en el fondo del abismo, para
jamás volverlas a ver o recordar, eternamente y para
siempre.)

Ahora, si desean que todas sus obras siempre permanezcan para
siempre en sus vidas terrenales y así como en sus vidas
celestiales, como en el paraíso o como en La Nueva Jerusalén
Santa e Infinita del nuevo reino de los cielos, por ejemplo,
entonces hagan todo siempre para agradar a Dios, en el nombre
bendito de su Hijo amado. Porque sólo el nombre sagrado del
Señor Jesucristo "ha vencido al mundo" y, a la vez, permanece
para siempre en el corazón de Dios y de cada uno de sus hijos
e hijas. Y esto es de todos los hombres, mujeres, niños y
niñas de todas las naciones, comenzando con Israel, de hoy y
de siempre, por ejemplo.

Porque fue con la familia de Israel que Dios primero empezó a
manifestar su amor por la bendición y la salvación de la
humanidad entera, la cual comenzó con Adán, en el paraíso,
para que luego se regase en toda la tierra, como sucede hoy
en día, cada vez, que el nombre de Cristo es predicado para
bien de muchos. Además, esta predicación de Cristo ha sido
igual día a día, en todos los lugares del mundo entero, cada
vez que nacía un niño o una niña y hasta que llegaste tú
mismo, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para
conocer tu salvación y vencer al mundo, para gloria y para
honra infinita, de nuestro Padre Celestial.

Ya que, Dios ha puesto a Adán y a cada uno de sus
descendientes, comenzando con Eva delante de su presencia
santa, por ejemplo, para vencer al mundo, sólo por medio de
la invocación y del espíritu de fe, del nombre del Señor
Jesucristo, en el corazón de todo hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera. Y una vez que todo el mundo haya sido
vencido, en el corazón de cada uno de sus hijos e hijas, de
todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos
de la tierra, entonces comenzar la nueva vida, en la tierra,
de nuestros tiempos, por ejemplo, para que nunca muera en su
nuevo reino celestial, en el más allá.

Y esto ha de ser realmente, con nuevos cielos y con nuevas
tierras, para honrar y para glorificar a nuestro Dios y Padre
Celestial por siempre, en nuestros corazones y en nuestras
vidas, limpias y libres de toda posible contaminación de las
palabras del pecado original, de Lucifer y de Adán, por
ejemplo. Entonces mis estimados hermanos permanezcan por
siempre fieles a Dios, porque han vencido al mundo, al creer
en sus corazones y así confesar con sus labios, que el Señor
Jesucristo es su Hijo amado, para gloria y para honra
infinita de nuestro Padre Celestial que está en los cielos,
siempre esperando por ustedes, que reciban su "dádiva" de
vida eterna.

EL QUE PERMANECE EN CRISTO JESÚS VENCE AL MUNDO DIARIAMENTE

Y serán vistos con malos ojos de todos, en muchos lugares de
la tierra, por causa de mi nombre, les decía el Señor
Jesucristo a sus apóstoles y discípulos, por donde sea que
fuese en todo Israel. Ni aun en sus últimos momentos de su
vida santa y mesiánica dejo de hablarles así a sus fieles de
siempre y de los que habían de venir después, por ejemplo,
por el testimonio santo y firme de su vida perfecta
manifestadas por las palabras de sus siervos y de sus siervas
fieles a Él y a su nombre redentor.

Porque las tinieblas del corazón del hombre pecador y de la
mujer pecadora son muchas, pero jamás más poderosas que Dios
y que su Jesucristo. Porque toda palabra de Dios es vida, por
lo tanto, su contenido en el corazón del hombre es de poder
en poder, de gloria en gloria, para manifestar las abundantes
maravillas, milagros y prodigios indescriptibles de Dios en
toda la tierra, para bien eterno de todo hombre, mujer, niño
y niña de la humanidad entera. Porque ellos han vencido al
mundo también, como todos los ángeles santos del reino y como
todos los patriarcas y fieles a Dios de la antigüedad y de
siempre, sólo por medio del nombre y de la sangre bendita del
Señor Jesucristo.

Es por eso, como está escrito en las escrituras: el que
persevere hasta el fin, amando a Dios y a su Hijo, en lo
profundo de su corazón, entonces éste será salvo para la vida
santa, del nuevo reino de los cielos, en el más allá, para la
eternidad venidera. Y quien le ayuda a perseverar hasta su
último soplo de vida por la tierra, al hombre, a la mujer, al
niño y a la niña, ha de ser Dios mismo con sus dones de su
Espíritu Santo y con la vida misma, llena de glorias, de
santidades y de honras perfectas de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!

Para que entonces sus hijos e hijas vivan y no caigan jamás
en la maldad de sus enemigos habituales, en esta vida ni en
la venidera, tampoco, para siempre. En verdad, el poder del
enemigo ha sido desde siempre "odiar a Dios y el nombre
sagrado de su Hijo amado"; un nombre tan santo y tan
glorioso, que jamás ha sido menor que ningún otro nombre en
el reino de los cielos ni menos en toda la tierra. Realmente,
este es el nombre celestial que Lucifer intenta humillar,
exaltando su nombre inicuo en el corazón de sus ángeles
rebeldes y así también en el corazón de Adán, para alcanzar,
al fin, a cada uno de sus descendientes, de todos ellos que
habrían de nacer para vivir en el paraíso y en toda la
tierra, también, por ejemplo.

Porque el designio del corazón perdido de Lucifer era de
humillar y hasta destruir por completo el nombre santo del
Señor Jesucristo, por la simple razón de que sólo él es su
Hijo amado, en el reino de los cielos, en la tierra y en toda
su creación eternamente y para siempre. Y como el Señor
Jesucristo no hay otro igual, tan glorioso y tan santo para
honrar y para agradar por siempre, el corazón santísimo de
nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, entonces el
odio de Lucifer hacia Cristo es cada vez mayor que antes. El
cual se ha regado por toda la tierra, como flor silvestre, en
todos los corazones de gran error, de los pecadores y
pecadoras perdidos en su maldad eterna, para odiar a los que
tienen sed de justicia y hambre por la verdad de Dios y de su
Jesucristo, por ejemplo, en la tierra y en el paraíso, para
siempre.

Además, ésta gran verdad es justicia infinita de bendición y
de salvación eterna para el corazón, no sólo de los ángeles
del reino de los cielos sino también para todo hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán, en
el paraíso, por ejemplo. Porque ésta es una verdad de
justicia celestial e infinita, la cual hará crecer el corazón
del ángel y así también el corazón del hombre de toda la
tierra, para no sólo amar a su Dios, sino para conocerle cara
a cara, tal como Él siempre ha sido desde los días de la
antigüedad y hasta nuestros tiempos, por ejemplo.

Es decir, esto es de conocerle a nuestro Padre Celestial, de
la misma manera, como siempre le ha conocido su Hijo amado,
ni más ni menos, a través de los siglos y hasta nuestros
días, por ejemplo, en el reino de los cielos y en toda su
creación. Porque sólo el Señor Jesucristo tiene en si, el
espíritu de la verdad, de la justicia infinita, para conocer
a nuestro Padre Celestial, en su perfecta santidad y gloria
celestial, en el reino de los cielos, en la tierra y en toda
su nueva creación, como La Nueva Jerusalén Santa y Eterna,
por ejemplo, del más allá.

Es por eso, que el espíritu de error envidia extremadamente a
todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
porque cada uno de ellos tiene "el potencial" en su corazón
y, a la vez, la promesa divina del mismo Señor Jesucristo
para conocer a su Padre Celestial, en su día celestial, en el
cielo. Y esto ha de ser una realidad muy pronto con cada uno
de ellos, sus fieles eternos al nombre santo del Señor
Jesucristo, en sus corazones y en sus vidas en la tierra.
Porque Dios ama y añora cada día conocer personalmente a cada
uno de sus hijos e hijas, de los fieles perfectos en sus
corazones: al nombre santo de su Hijo amado, quien
verdaderamente ha traído tanta honra, tanta alegría, tanta
paz y tanto amor con muchas más de sus glorias y santidades
infinitas al corazón de nuestro Padre Celestial.

Es decir, entonces de conocer a Dios, de la misma manera como
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, siempre le ha conocido a
Él, como a su único Padre Celestial, a través de siglos
inmemorables, de eternidades olvidadas, del más allá, de su
viejo reino celestial y hasta de nuestros tiempos modernos,
también, por ejemplo. Por esta razón, para nosotros poder
conocer a Dios, entonces tenemos que conocer al Señor
Jesucristo no de vista ni de oído, sino desde lo profundo de
nuestros corazones y con todos los dones de poderes
sobrenaturales de su Espíritu Santo; porque de otra manera,
entonces jamás veremos a Dios, ni menos le vamos a conocer,
como nuestras almas pueden.

Es por eso, que el odio del espíritu de error de Lucifer, en
su corazón y en los corazones de sus seguidores, como ángeles
caídos u hombres y mujeres de gran pecado y de gran mentira
de toda la tierra, del ayer y de siempre, es tan grande hacia
todo lo que es de Cristo o que ame a Dios. Por esta razón, el
Señor Jesucristo les aseguraba no tanto a los ángeles del
cielo, sino a los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, que serán aborrecidas por mucha gente, por
causa de su nombre inviolable. Porque el enemigo ha de querer
humillar a Dios y al nombre santo de su Hijo amado, pero no
podrá jamás, como no pudo en el reino de los cielos, en el
día de su gran rebelión hacia Dios y hacia su Árbol de vida
eterna, por ejemplo, el Cristo de Adán y de la humanidad
entera.

Porque el nombre del Señor Jesucristo es "inviolable", y esto
es algo que Lucifer jamás logra entenderlo en su corazón
perdido en sus profundas tinieblas, por lo cual, es imposible
de humillar y de esclavizar, en el cielo ni menos en la
tierra. Ni menos en la tierra, de nuestros tiempos, como en
Israel, por ejemplo, porque es en donde su sangre santa ha
salpicado, desde su cruz redentora, su Árbol de Vida
infinita, para ponerle fin a todo pecado y cada una de las
tinieblas eternas, con tan sólo invocarle a Él, en su nombre
santo y eternamente sobrenatural.

Dado que, Cristo es tan glorioso y tan honrado, que el
corazón de Lucifer, como los corazones de los ángeles caídos,
sólo deseaban tenerlo en sus pechos o ser como él mismo: ¡El
Santo de Dios!, ¡El Ungido de Dios! Pero esto es imposible
para cada uno de ellos; dado que, no hay misericordia alguna
posible de parte de Dios, para ninguno de ellos, jamás, en
esta vida ni en la venidera, tampoco, para siempre. Entonces
como los ángeles caídos no podían con él ni menos con su
sabiduría infinita, por su inferioridad a la naturaleza
eterna de Cristo, en la vida santa del reino de los cielos,
entonces decidieron odiarle por siempre, con un espíritu
eterno de rebelión indescifrable, no sólo en sus corazones
sino también en los corazones de gentes de mentira eterna.

Es decir, también, de que si tú amas a Dios, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, ha de ser porque el nombre
santísimo de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, vive en ti.
Y si el nombre del Señor Jesucristo vive en ti, entonces no
sólo eres conocido por Dios, sino también por sus ángeles
santos y hasta por sus enemigos eternos, en el más allá. Y
ellos no están ahí para amarte, sino para odiarte, por causa
del nombre sagrado del Señor Jesucristo; pero no les temas,
ellos jamás podrán hacerte ningún mal; es más, es por eso que
te odian tanto, porque deseando hacerte el mal, entonces no
pueden, porque el nombre de Cristo es inviolable en tu vida,
para siempre.

Entonces ahora como amas a Dios y a su Jesucristo en tu
corazón, no sólo eres conocido y amado en el cielo, sino que
también eres conocido en el bajo mundo de los muertos y
odiado por su espíritu de error que reina en cada uno de
ellos. Es por eso, que has de ser odiado por todos, en todos
los lugares, en donde la gente no ama a Dios ni a su
Jesucristo, tan sólo por causa del nombre salvador e
inviolable de nuestro redentor eterno, nuestro gran rey
Mesías, el Hijo de David, el Cristo.

Pero no te importe jamás, cuanto te odia Lucifer y su
espíritu de error en los corazones de sus ángeles caídos o de
la gente de gran mentira de la tierra, porque tu salvador
eterno, el Señor Jesucristo, ya venció tu mundo y el mundo
personal de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, para que vivan. Es decir, si cada uno de ellos tan
sólo cree en Jesucristo, en lo profundo de su corazón y,
también, en su gran obra infinita, llevada acabo en las
afueras de Jerusalén, para cumplir la Ley Celestial con
sangre, para entonces ponerle fin al pecado de la tierra y de
su humanidad infinita, y sólo entonces vean la vida
eternamente.

Porque el Señor Jesucristo no sólo ha vencido la vida
pecadora y el mundo entero, cruel y lleno de trampas
mentirosas del enemigo, sino también la eternidad. Si,
nuestro Señor Jesucristo ha vencido por siempre la eternidad
venidera, para bien de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, que tan sólo le invoque a Él, en su nombre
santo, en lo profundo de su corazón, para gloria infinita de
nuestro Dios, de su Espíritu Santo y de sus huestes
celestiales del reino del cielo.

LO QUE NACE DE CRISTO EN TI, VENCE AL MUNDO

En verdad, nada que ha nacido de Dios, jamás ha sido superado
por Lucifer ni por ninguno de sus ángeles caídos, ni menos
por el hombre de pecado de toda la tierra. Por lo tanto, si
el nombre del Señor Jesucristo nace en tu corazón, con el
nuevo amanecer de la nueva resurrección de Dios y de su
Espíritu Santo en Jesucristo, entonces jamás el enemigo de tu
alma y de toda tu vida te podrá vencer; es más, nadie podrá
vencerte nunca, si Cristo vive en tu corazón.

Porque lo que ha nacido en ti, en el día que el Señor
Jesucristo entro en tu vida, entonces es el comienzo de tu
nueva vida infinita, la cual perdiste en el paraíso (y no en
la tierra) por culpa de las palabras mentirosas, en el
corazón de Eva y de Adán, para que muera tu alma para
siempre. Es decir, que Lucifer ya quería destruir tu vida,
desde los primeros días de vida de Adán, en el paraíso
celestial, pero Cristo lo venció por amor ti, siempre por a
ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana; para que vivas
y jamás veas al ángel de la muerte en tu corazón, ni menos en
tu alma eterna.

Pero Dios te ha redimido venciendo a Lucifer y cada una de
sus profundas tinieblas en toda la tierra y en el más allá,
también, como el ángel de la muerte, el infierno y la segunda
muerte de tu alma viviente, en el lago de fuego, por ejemplo.
Todas estas grandes maldades de Lucifer y de su castigo
eterno, el Señor Jesucristo las ha vencido por amor a ti,
destruyendo los poderes sobrenaturales del pecado y de sus
muchas enfermedades, en la tierra y en el más allá, también,
para siempre, para que tu alma viva y no vea el mal del ángel
de la muerte, jamás.

Es por eso, que cada vez, que el nombre del Señor Jesucristo
es creído en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña,
entonces una nueva vida infinita empieza formalmente con el
espíritu de amor eterno, de Dios y de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para jamás morir en su nuevo reino celestial, en
el más allá. Y esto ha de ser, por ejemplo, como en el
paraíso o como en su nueva ciudad celestial, La Nueva
Jerusalén Santa e Infinita de su gran rey Mesías, el Hijo de
David, ¡el único Cristo posible para Israel y para la
humanidad entera!

Por esta razón, cada uno de ustedes ha sido formado en las
manos de Dios, en el día que formaba a Adán, por ejemplo, en
el reino de los cielos, para que tenga vida y en abundancia,
hoy en día y por siempre, en la eternidad venidera. Es por
eso, que Dios jamás les ha abandonado a pesar de sus pecados
y de sus muchas rebeliones en contra de él y de su fruto de
vida eterna, el Señor Jesucristo, como Adán y Eva lo hicieron
en sus días de vida y de ceguera espiritual, en el paraíso,
por ejemplo. Porque mayor es el espíritu de vida de Dios que
está en ustedes y con ustedes, que aquel que está en el
mundo, Lucifer, perdido eternamente y para siempre en sus
profundas tinieblas del más allá, de su segunda muerte
infinita, del lago de fuego.

(Feliz Prospero Año Nuevo 2007 para todos. Amén.)


El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman,
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo.
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra,
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad,
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos,
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericord...(message truncated)

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